viernes, 18 de julio de 2008

“El Carnaval” Texto de Gustavo Adolfo Becquer*

EL CONTEMPORANEO; 5 de Marzo 1862
Asegúrase que con la cara tapada se descubre más fácilmente el corazón y que a favor de la careta es lícito en estos días decir todo género de claridades.
Si como es verdad lo primero, lo fuera también lo segundo, con qué gusto nos envolveríamos en un portier, nos pondríamos aunque no fuese más que la mano por delante de los ojos, y fingiendo la voz para que el señor Bugallal no nos conociese, le daríamos una broma a alguno de los hombres que ocupan el poder.
Pero la condición de los escritores es peor que la de los esclavos.
A ellos, en la antigua Roma, les era permitido en esta época desquitarse del silencio y las humillaciones de un año en un día de libertad sin límites.
Durante ese día arrojaban impunemente al rostro de sus dueños toda clase de acusaciones; se mofaban de sus ridiculeces y, reprochándoles sus vicios y haciéndoles oír una vez al menos el áspero lenguaje de la verdad, acaso les enseñaban la única senda que debieron seguir y de la que, ciegos con el humo de las lisonjas, se habían extraviado.
A nosotros ni aun este sueño de libertad se nos permite; y es lástima, porque un día, un solo día de máscaras para la prensa, y el gobierno oiría muchas verdades que acaso le fuesen útiles, y el país muchas cosas que sin duda le sirvieran de una gran lección.
Ya que no es así, ya que nosotros no podemos disfrazarnos vamos a abrir los balcones de nuestra redacción para ver a los que se disfrazan; tal vez el espectáculo de tanta alegre locura nos sugiera el pensamiento para un artículo sobre el carnaval, que es lo que por ahora nos hace falta en primer término.
Desde los balcones se ve el Prado, y en verdad que la decoración que se descubre a través de sus cristales es bien poco adecuada al espectáculo que se va a representar a nuestros ojos.
Si como son el acaso, la naturaleza y la estación los maquinistas que disponen la escena, fuese el último tramoyista del teatro más de mala muerte, aún no le perdonaríamos la impropiedad. Un cielo gris, tristísimo y opaco sobre el que flotan algunos sueltos jirones de nubes oscuras. Un tapiz de lodo, interrumpido a cortas distancias por sucios charcales en cuyas cenagosas aguas caen las anchas gotas que preludian un aguacero terrible, produciendo al caer un ruido monótono, igual y extraño, que crispa los nervios; algunos árboles descarnados, cuyas desnudas ramas se agitan al soplo glacial del aire y parece que tiritan de frío, y en el fondo, rodeado de altos cipreses negros y melancólicos, como todo el panorama que descubre la vista, una tumba: el Dos de Mayo.
He aquí el aparato escénico de la gran comedia que va a representarse. ¿Y es posible que en este punto se hayan dado cita la locura y el carnaval para renovar su eterno pacto de alianza?
¿Es posible que en este punto deban aguardarles, ya en carretelas lujosas o en alquilones desvencijados, ya en potros voladores o en rocines moribundos, ya caracoleando jinetes en el palo de un escobón, o a pie y empujándose como las olas del mar, las mil y mil figuras grotescas que le sirven de séquito?
Las descompuestas voces de la embriaguez, las estridentes carcajadas de la locura, los breves monosílabos de las promesas, las cortesanas frases de los galanteos, las rápidas palabras de las citas, los discordantes ecos de las músicas, el incesante son de las chanzonetas, el hervidero confuso de la multitud oscura y apretada, entre la cual surcan, por aquí una figura grotesca, por allá un mamarracho imposible, por acullá una Comparsa que culebreando entre el gentío parece una serpiente monstruosa de abigarrados colores, ¿van a resonar en esta atmósfera nebulosa y fría? ¿Van a confundirse con esos tristes gemidos del viento que azota los cristales de nuestro balcón y parece como que se queja y llora alrededor de aquella tumba, agitando sus oscuros y altos cipreses? No. Hemos debido equivocarnos; nuestros balcones dan al Prado, en efecto, pero ése no es el mismo Prado de siempre.
Aún nos acordamos de otros carnavales, cuando lo cruzábamos sobre una yegua más ligera que el viento. El sol hería la nube de polvo que levantaban las ruedas de los carruajes y el casco de los caballos, fingiendo a nuestros ojos como una gasa de oro, a través de la cual veíamos agitarse, rico de colores y de luz, un océano de cabezas alegres, de trajes brillantes y de máscaras bulliciosas e inquietas. Todo saltaba y reía a nuestro alrededor. Las carretelas, llenas de hermosas y rebosando sedas y encajes, parecían ambulantes bouquets de mujeres que, como las flores llaman a las mariposas, provocándolas a posarse en sus corolas de fuego impregnadas de perfumes, nos llamaban a sí con sus miradas y sus sonrisas. Mil veces cruzamos entonces el anchuroso paseo y nunca reparamos en ese sombrío monumento, o si nuestros extraviados ojos se fijaron un instante en él, nos pareció un jardín, un parterre, cualquier cosa menos un sepulcro. ¿Por qué lo hemos visto hoy...?
El aire sigue silbando entre las desnudas ramas de los árboles; las nubes, oscuras y tempestuosas, se amontonan en el cielo, y la lluvia cae menuda y helada como un rocío de nieve.
Inútilmente buscamos la multitud que a estas horas debía llenar el ámbito del salón. Todo está desierto. ¡Pobre carnaval! Hasta el cielo se conjura contra ti. En vano corres de un punto a otro, agitando tu cetro de cascabeles. Al oír tu voz aguda y chillona, el hombre de negocios levanta la cabeza, te ve pasar y sigue haciendo números en su cartera. La juventud, grave ya y filosófica antes de sazón, se encoge de hombros al verte dar saltos y hacer piruetas inútiles, y se sonríe y te compadece. ¡Pobre carnaval!
En vano has llamado a las puertas de Roma, la ciudad clásica para tus fiestas; el pueblo se ha reunido en el Foro, pero no alegre, bullicioso y llamado por el repiqueteo de tus sonajas, sino grave como sus ruinas, silencioso como sus sepulcros y convocado por incógnitos agitadores de una revolución terrible; y has tenido que huir. ¿A dónde? ¿A Venecia? ¿Al seno de la desolada reina del Adriático, donde antes tenías mil palacios por trono y todo un pueblo, ebrio de placeres y goces, por vasallo? No; no vayas allí. Las góndolas, vacías, se balancean amarradas a los postes de Rialto, con cadenas de hierro que al moverlas el agua parece que gimen. Ni una antorcha refleja en el mar su larga cabellera de chispas; ni se oye una voz, ni el acento lejano de una música. ¡Pobre carnaval! ¡Pobre Venecia...!
Pero la noche se va acercando; la lluvia no azota ya los cristales de nuestros balcones; allá, a lo lejos, se ven moverse entre la azulada niebla algunos bultos negros que van y vienen en direcciones distintas: son carruajes, una larga hilera de carruajes cerrados que semejan el fúnebre acompañamiento de un duelo. Algunos jinetes cruzan y vuelven a cruzar, al parecer envueltos en blancos sudarios que flotan con el viento en su rápida carrera. Unos y otros diríase que buscan algo que no hallan; diríase que parodian el movimiento, la animación y la alegría, queriendo engañarse y hacerse la ilusión de que se divierten, sin conseguirlo. En balde suben y bajan, vienen y van; en balde dan el espectáculo; no hay espectadores. El salón está vacío. El curioso vulgo que asiste a pie y forma una muralla humana alrededor de los actores de la gran farsa, ni aun teniéndolas gratis ha querido ocupar sus localidades.
¿Y es éste el carnaval? No: el carnaval ha muerto. ¿No conocéis la tradición de las wills, esas jóvenes, amantes locas de la danza, que muertas en el día de sus bodas, se levantan aún en el silencio de la noche para seguir bailando alrededor de sus sepulcros a la luz de la luna?
El carnaval ha muerto; pero, como ellas, se levanta aún de su tumba para bailar en un baile mudo, de una mímica grotesca y horrible a un tiempo, en el que sólo se oye el crujido de sus choquezuelas descarnadas... Ya es de noche; todo es sombras, nieblas y silencio profundo; parece que los fantasmas se han vuelto a hundir en la tierra de donde se levantaron por un instante. A lo lejos se ven correr algunas luces rodeadas de un círculo de niebla luminosa; son las de los carruajes que huyen en opuestas direcciones. Parecen fuegos fatuos que vagan sobre un campo de muerte...
Pero, cierra el balcón, echa un par de troncos en la chimenea: esta noche hay bailes, pero nosotros no queremos bailar ni nadie tampoco. ¡Bailar! Bastante hemos bailado ya en este mundo; hora es de dejar a otros el puesto en la cuadrilla.
¡Qué hermosa está la lumbre! No traigas luz: queremos ver bailar nuestra sombra y las sombras de los muebles sobre los muros, donde se proyectan vacilando, a compás que vacila la roja llama de los troncos que saltan y crujen al encenderse.
Esta noche cenamos tempranito y nos metemos en la cama como unos bienaventurados.
El no ser calavera, ¡qué triste, pero qué cómodo es!
Post scriptum:
El cielo está azul, el sol derrama un mar de lumbre sobre la coronada villa, cien murgas rasgan el aire puro y diáfano con sus ruidosos acordes, un zumbido semejante al de un enjambre de abejas llega hasta nosotros, el carnaval pasa por delante de nuestra puerta agitando su cetro de cascabeles y llamándonos con su voz de clarinete destemplado. El carnaval no ha muerto... ¡Viva el carnaval!
Está visto que cuando se oscurece el cielo se oscurece nuestra alma, y cuando se entristece nuestro corazón hasta los que se ríen se nos figuran que se quejan.
Pedro, trae un miriñaque, un miriñaque espantoso, una falda de seda y una capota. Vamos a vestirnos de mujer, y al diablo las filosofías. «Máscara, ¿me conoces?».
FIN
*Gustavo Adolfo Domínguez Bastida , más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer (adoptó dicho sobrenombre siguiendo los pasos de su hermano, el pintor Valeriano Bécquer) (Sevilla, 17 de febrero de 1836Madrid, 22 de diciembre de 1870), fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo. Recopilación de http://www.librodot.com/

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